B87 SERIES
EL ETERNO PRESENTE DE LEO BROUWER por Pedro Luis Landestoy La Habana, 14/02/2026 Hay una cualidad particular en la luz de quienes han aprendido a habitar el tiempo como quien habita una espiral. Cada retorno es también un ascenso, cada mirada hacia atrás descubre una realidad que no existía antes de ser contemplada. Leo Brouwer, en la antesala de sus ochenta y siete años, ha construido una obra que no conoce la línea recta ni la elipse. Su música respira en ondas concéntricas que se ensanchan sin romperse, en interacción permanentes entre el gesto inaugural y la memoria transformada. La iniciativa B87 Series, concebida por Ediciones Espiral Eterna como constelación de veinte registros audiovisuales que se desplegarán entre febrero y junio de 2026, participa de esa misma lógica espiralada que define el pensamiento musical del Maestro cubano. Es una celebración que activa la obra desde su nervadura más viva: la interpretación. Artistas cercanos (Matt Kaplan, Timo Korhonen, Irene Gómez, Kaori Muraji, Rafael Padrón, Niurka González, René Izquierdo, entre otros) actualizan el gesto creador, lo encarnan en sus instrumentos y lo devuelven al mundo con la humedad del instante. Para comprender la hondura de esta empresa, es preciso detenerse en la pieza que inaugura la serie: «Isla de rojo coral» (2022), para violín y guitarra. La obra, inspirada en el poemario homónimo de Nicolás Guillén, funciona como una llave que abre las puertas de toda una poética. En ella, Brouwer no compone en una página en blanco, sino a partir del espesor de su propia memoria musical. Emergen, como figuras en un vitral que la luz atraviesa de pronto, fragmentos de «Manuscrito antiguo encontrado en una botella» (1983), ecos de «Los negros brujos se divierten» (1985) y resonancias de «Diálogos de la Isla y el mar» (2017). Textos que se metamorfosean, se integran en un discurso que los contiene sin someterlos, que los celebra sin momificarlos. Esta práctica de la autorreferencia transformadora constituye uno de los sellos más profundos de la madurez brouweriana. El compositor resignifica que es lo opuesto a repetirse. Sus obras de juventud funcionan como semillas que germinan en tierra nueva. Hay en ello una sabiduría temporal que solo alcanzan los grandes creadores. La trayectoria de Leo Brouwer como guitarrista y compositor constituye uno de los fenómenos más complejos y fecundos de la música del siglo XX y lo que va del XXI. Su formación inicial, marcada por el magisterio de Isaac Nicola, heredero directo de la tradición de Tárrega, le otorgó un dominio técnico que trascendiendo el virtuosismo se convirtió en sustrato necesario para la exploración. Pero sería reductivo pensar a Brouwer únicamente desde la guitarra. Su formación en dirección orquestal en la Juilliard School y en la Universidad de Hartford, su temprano contacto con las vanguardias estadounidenses y europeas, su amistad con compositores como Luigi Nono y Witold Lutosławski, lo situaron en una encrucijada desde la cual pudo repensar las posibilidades del instrumento sin aislarlo del torrente de la música contemporánea. Esta condición liminar —estar en la guitarra y más allá ella simultáneamente— explica la riqueza de una obra, de una vida. Solamente con asomarse a ese catálogo, ya nos enfrenta con la «Sonata para guitarra» (1990), de arquitectura clásica revisitada, y con las exploraciones atonales de «La tradición se rompe... pero cuesta trabajo» (1969); pasando por las «Micropiezas» (1958), con su expansión tonal que dialoga con el nacionalismo, o la entrañable «Elegía por Cintio Vitier» (2012), donde conversan la flauta y la guitarra en un lenguaje tan contemporáneo como atemporal. El programa de B87 Series constituye, por sí mismo, una cartografía de este universo plural. La presencia de «The secret life of butterflies» (2024) en las manos de Timo Korhonen continúa la etapa en que Brouwer, alejado de los rigores vanguardistas de los sesenta, explora una expresividad más directa, un lirismo que sin renunciar a la complejidad permite belleza sin complejos. Las «Fábulas del unicornio azul» (2020) que interpretará Kaori Muraji remiten a esa zona de la producción brouweriana donde el realismo mágico de la literatura latinoamericana encuentra un correlato sonoro; el unicornio existe porque la música lo nombra, y en ese nombrarlo lo hace presente. Las «Rondas, refranes y trabalenguas» que ofrecerá Capella Amsterdam nos recuerdan que Brouwer ha sido también un compositor esencial para la voz, capaz de extraer de la música infantil una profundidad que los adultos apenas podemos intuir. Y las «Danzas afrocubanas» de Ernesto Lecuona, tío-abuelo paterno del Maestro, en versión para dos guitarras a cargo de Joao Luiz Rezende y Alan Liu, establecen un puente genealógico que supera lo biológico para inscribirse en lo más hondo de la tradición musical cubana; a la vez que evocan aquellas interpretaciones del propio Leo junto a Jesús Ortega en las décadas de 1950 y 1960. Resulta particularmente significativa la inclusión de obras originalmente concebidas para otros instrumentos en versiones para guitarra, como la «Sonata de los misterios» que Vladimir Ibarra interpretará en guitarra de ocho cuerdas. La pieza, compuesta originalmente para archilaúd, encuentra en esta transcripción una nueva piel que no desmiente su esencia. Este gesto, la obra que migra de un instrumento a otro, que se reencarna sin perder su identidad, participa también de la lógica espiralada que venimos describiendo. La música de Brouwer, como la de los grandes maestros, respira en cualquier cuerpo que sea capaz de albergarla con dignidad. La suite «Un día de noviembre», con temas inéditos del film homónimo de Humberto Solás que presentará Joe Ott, nos sitúa ante otra dimensión esencial del quehacer brouweriano: su relación con el cine. Más de un centenar de bandas sonoras jalonan una carrera que ha sabido maridar con la imagen realzándose ambas, que ha encontrado en el séptimo arte un laboratorio para explorar texturas y atmósferas que luego reverberarían en su producción de concierto. Cualquier juicio evaluativo sobre la obra de Leo Brouwer que pretendiera fundamentarse en parámetros convencionales resultaría necesariamente insuficiente. Su música exige categorías propias, porque su mismo devenir las ha ido generando. No se trata de un compositor que haya evolucionado en el sentido lineal del término, de lo simple a lo complejo, de lo nacional a lo universal; es un creador que ha habitado simultáneamente múltiples temporalidades estéticas. Podría decirse que Brouwer ejerce sobre su propio catálogo una suerte de crítica inmanente donde cada nueva obra interroga a las anteriores, las sitúa en una perspectiva distinta, revela en ellas aspectos que permanecían latentes. Esta capacidad de autofagia creadora, devorándose a sí mismo para renacer, constituye uno de los rasgos que lo aproximan a figuras como Stravinsky o Picasso, artistas para quienes la tradición era su repertorio de gestos siempre disponibles para la resignificación. El propósito de B87 Series es la auténtica y veraz conmemoración. En una época saturada de homenajes vacuos, de celebraciones que consumen lo que pretenden exaltar, esta colección de registros audiovisuales propone una experiencia más exigente y más generosa. Propone la escucha atenta, la mirada que acompaña al gesto del intérprete, la posibilidad de contrastar versiones, de establecer conexiones entre obras distantes en el tiempo, pero de un lenguaje sonoro complementario. Quienquiera que se asome a estas veinte ventanas, se abrirá la oportunidad de recorrer una geografía sonora que es también una geografía interior. Porque la música de Brouwer, como toda música verdadera, crea emociones o paisajes en quien escucha. Apreciar «Isla de rojo coral», ya disponible en las plataformas digitales, es participar en la construcción de un sentido que solo se completa en la experiencia subjetiva de cada oyente. En el gesto de estos intérpretes que han querido sumarse a la celebración grabando sus videos en distintas partes del mundo, cada uno desde su cercanía personal y artística con el Maestro, hay gratitud, ciertamente; pero también hay una comprensión profunda de lo que significa para un ejecutante tener un repertorio como el que Brouwer ha legado. Son piezas con desafíos técnicos estimulantes, con texturas sonoras novedosas. Se trata de que la música de Brouwer interpela al émulo de Aedea en su humanidad más honda, le exige además de la destreza digital; capacidad de síntesis histórica, sensibilidad para habitar contradicciones, inteligencia emocional. La guitarra, antes de Brouwer, era un instrumento con un repertorio glorioso: Tárrega, Rodrigo, alguna incursión de Falla o Turina. Brouwer, junto a Villa-Lobos y algunos otros, construyó, sin embargo, las bases de una modernidad guitarrística que no renunciaba al pasado pero que se atrevía a imaginar futuros inéditos. Que hoy, a sus ochenta y siete años, siga componiendo obras como la que se nos ofrecen en B87, donde la memoria personal y la memoria colectiva se entrelazan en un discurso de complejidad transparente, es un regalo que la música agradecerá durante generaciones. Que esta celebración se prolongue desde febrero hasta junio de 2026, casi cinco meses de publicaciones espaciadas, participa también de una temporalidad brouweriana. Es una celebración que se despliega, que permite la sedimentación, que invita al retorno. Cada video podrá ser visto y revisitado, confrontado con los anteriores, integrado en una experiencia que se construye lentamente. La iniciativa de Ediciones Espiral Eterna, la editorial propia del Maestro, merece por ello un reconocimiento particular. En un mercado musical que tiende a la homogeneización y al consumo rápido, apostar por una colección de veinte videos de alta exigencia artística, con intérpretes de primer nivel mundial, y publicarlos en un arco temporal tan prolongado, constituye una declaración de principios. La música de Brouwer merece el tiempo lento de la contemplación, no la urgencia del consumo. Al final de este recorrido, cuando en junio de 2026 se publique el último de los veinte videos, algo cambiará en quienes hayan seguido la serie. Habremos participado en un acontecimiento. Habremos celebrado a un creador vivo que sigue habitando el presente con la intensidad de quien sabe que el tiempo es una espiral infinita.
Isla de rojo coral | Matt Kaplan, guitarra | David Brown, violín
Isla de rojo coral (2022), para violín y guitarra, reúne elementos característicos de distintas etapas de la producción de Brouwer. En esta obra, el compositor retoma, resignifica y transforma materiales musicales propios, permitiendo que ideas de obras anteriores reaparezcan desde nuevas perspectivas.
The secret life of butterflies | Timo Korhonen, guitarra
The Secret Life of Butterflies (2024), para guitarra, fue compuesta como tributo a Kaija Saariaho y dedicada a Timo Korhonen.
Fábula del unicornio azul | Kaori Muraji, guitarra
Fábula del unicornio azul (2020), para guitarra. Obra dedicada a Kaori Muraji, despúes de un encuentro con Leo Brouwer en La Habana el 24 de diciembre del 2019.